¿Por qué me atrae el mar?

sábado, 9 de junio de 2007

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Supongo que todos tenemos algunas pasiones que nos hacen disfrutar, que nos llenan.
Del libro de Juan Pla, MI AMIGO EL MAR... 

¿Por qué me atrae el mar? ¡No lo sé! Me lo he preguntado cientos, miles de veces, y la única respuesta es ésta: ¡No lo sé! Supongo que algo parecido ocurre con el amor. ¿Por qué te has enamorado de esa persona? ¡Pues porque sí! Evidentemente, puedes buscar mil razones, supongo que todas ellas válidas, pero una respuesta concreta a esta pregunta no existe.
Hay una mezcla de sentimientos, de decenas de sentimientos, a veces aislados, a veces simultáneos, que se producen en ti, que te llegan a flor de piel, que te hacen vibrar. ¡Sí, eso es! ¡Te hacen vibrar! Supongo que es eso. ¡Que me hace vibrar! O por lo menos es lo más parecido que encuentro. La mar me hace vibrar. Me hace vibrar como ninguna otra cosa en el mundo me ha hecho vibrar. Cuano estoy en el la mar, ¡vivo!, ¡siento!, ¡vibro!
¿Tenemos que pasar por esta vida como uno más, en serie, siemplemente cumpliendo nuestro cometido y prescindiendo de nuestro verdadero sentir? ¿Debemos renunciar a lo que de verdad nos realiza como personas? La mar me proporciona mi realización. En tierra cumplo, ¿En la mar me realizo!
En la mar no hay caminos marcados, no hay prohibiciones, no hay horarios, ni teléfonos, ni obligaciones. No hay grandes almacenes llenos de gente, ni autopistas llenas de coches, ni discotecas llenas de personas que se evaden. ¡En la mar no hay... ni dinero! ¡En la mar no hay ataduras!
¡Yo estoy enamorado de la mar! ¡El mar es la libertad! No es que sea lo que más se le parece. ¡El mar es la libertad!
Existe un sentimiento primitivo: se realiza la autosuficiencia. A bordo aprendes a hacer cosas que en tierra compras. Aprendes todo lo necesario en la vida del hombre, pero no aprendes nada superfluo. En el mar aprecias el verdadero valor de las cosas. En el mar se tiene otra escala de valores que en tierra. ¡Cuántas cosas superfluas dejamos que nos aten! ¡Por cuántas cosas innecesarias luchamos cada día en tierra! ¡Cuántas obligaciones, o, mejor dicho, cuántas cosas que creemos que son obligaciones nos asfixian cada día!
He oído muchas veces que el mar es una fuga, que el navegar es una evasión. ¡Mentira! El mar, el navegar, es la realidad. ¡Es la libertad!
Supongo que lo que a mi me impulsa es una fuerza que no se puede dominar. Cada navegación, cada traesía, es distinta, cambiante y, sobre todo, se lucha de tú a tú. O mejor dicho, de tú a los elementos, que son siempre muy superiores a tus fuerzas. Y el mar es invencible. Cuanto más has navegado, más respeto le tines al mar, el mar es superior. Pero el mar no es traidodr. ¡No! El mar avisa. El mar es noble. Presenta batalla, es cierto, y el que quiera competir en esta batalla tendrá que conocer muy bien las reglas del juego. ¡Y ganará! El mar es real. El mar es noble. El mar es sincero. El mar es... el mar. Y hay que sopesar muy bien esta palabra. Esta fuerza. Esta potencia. El mar es bueno. El mar respeta a quien lo respeta. Y avasalla a quien lo menosprecia.
En el mar, las cosas sin importancia adquieren dimensiones enormes. Es curioso cómo se incrementan los sentidos en el mar. Y sobre todo de noche. El sentido del oído y el de la orientación se subliman al perder la visión.
¿Y el arte de navegar? Para los no marinos puede parecer un arte de brujería salir de un puerto sin caminos señalados y acertar con una isla en medio del mar después de muchos días de navegación sin ver tierra . Pero no, no es magía, es una teoría que se entudia, y no es difícil. Manejar los instrumentos de navegación y, sobre todo, tener confianza en uno mismo. La sensación de plenitud, de confianza, de alegría que siempre te invade cuando llegas al punto deseado, comprobando que lo has hecho bien, que has navegado correctamente, es, sencillamente inenarrable.
Y la humanidad, la tremenda humanidad, que se sublima a bordo en momentos de apuro, que siempre pasan. El sentido de compañerismo, que hace pensar siempre en el resto de la tripulación, desde compartir la comida escasa o permanecer en cubierta para que los demás puedan descansar, tolerar las pequeñas manía de cada uno que a bordo suelen convertirse en mayúsculas...
Todo esto no tiene traducción en tierra firme. Hay que vivirlo navegando para sentirlo, para saber si se es capaz de hacerlo 0 no.
¿y todavía alguien puede preguntarme por qué me atrae la mar? Pues por esto: ¡porque sí!, ¡porque la amo!

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